sábado, 5 de febrero de 2011

El año 2011 desde la República Dominicana.

    2011 suena extraño para un año del calendario que sobrevive la humanidad. No es como decir 1811 o 1911, aún menos decir 1111 o 2111. Con la pronunciación del 2011 se produce como una especie de cacofonía que se estrella contra el sentido auditivo más tosco de refinamiento. Independientemente de mi carga subjetiva, pensar que haya un año que responda al nombre de 2011, resulta pesado y poco atractivo. En una interpretación antropológica, se traduce en tiempo difícil, complicado, transición crucial, etc.
      Desde el escenario de la República Dominicana, el año 2011 traduce ese efecto sonoro a su propia realidad social. Desde el reflejo de la situación política hasta conformar todo el espectro del entretejido social de la nación.
      Como país que no aprende de las lecciones de la historia para fundamentar su práctica política, de nuevo volvemos a enfrentarnos con el fantasma de la reelección del presidente Leonel Fernández y todo lo que esa situación implica para la institucionalidad y el funcionamiento del Estado, como empresa administrada por los políticos de turnos en el poder.
      Y pensar que el país salió en estado de ebriedad y atolondrado producto del martilleo sistemático y a tiempo completo de una reforma a la Constitución sin precedentes en la historia. Fueron cambiando verbos, sustantivos, adjetivos; sustituyendo oraciones, saltando números hacia atrás y hacia adelante; alargando y achicando artículos; aclarando y ocultando el mal llamado espíritu de la ley, a conveniencia del contexto; en fin, el nuevo Congreso que se instaló en agosto del 2010 parece que se propuso pasar a la historia con esta puesta en escena de la Ley Sustantiva de la Nación.
   Como punto de atención crucial, la reforma constitucional estableció que  la figura de la reelección presidencial habría quedado bien definida, dejando en claro el gobernante de turno podía aspirar a un segundo mandato, hasta completar dos períodos consecutivos.
     Como era de esperarse, al final de todo el pugilato que implicó la discusión de la reforma, la clase política volvía a cero con el tema, elevando a punto de primer plano el expediente de una próximo postulación del presidente Fernández, que ya agota los últimos dos años de un segundo período.
     De esto es necesario abundar lo conveniente, a los fines de contextualizar el tema en su dimensión, para fines de la historia. Pues no se había proclamado la nueva Constitución cuando el tema de la reelección era el pan nuestro de cada día en todo el menú del quehacer nacional.
      Es como si fuera un juego entre niños, donde no existe regla alguna. Como si la historia se hubiera sepultado en una de esas construcciones urbanas y un día de torrencial aguacero lo habría arrastrado al mar Caribe. Es como una pesadilla recurrente de gnomos de la noche. No cuenta todo lo que el país tuvo que soportar con las cantaletas de los gobierno de Balaguer, que sólo llegaba al poder para que en lo adelante el tema fuera la próxima reelección.
    La broma resultaba de mal gusto para entonces. La discusión  parecía una escena de esperpentos. Un enjambre de cortesanos iniciaban la cruzada mediática de la necesidad de la continuidad del régimen, para bien de todos y salud de la patria. Mientras el señor presidente se negaba y se negaba hasta la saciedad de concurrir a un próximo período hasta unos cuántos días antes del certamen electoral, cuando el mandatario terminaba por “aceptar el llamado de su pueblo” y postularse de nuevo.
    El fin es que el terremoto del once de enero del año 2010 devastó al empobrecido país de Haití, ahí en nuestro patio; el mundo se encaminaba a duras penas entre los focos de guerra del Medio Oriente; la eventual incorporación de Pakistán y su vecino regional Irán como los nuevos protagonistas en la extensión del conflicto; y, lo peor, la economía del mundo no terminaba de recuperarse, cuando el tema de la reelección se mantenía sobre el tapete de la agenda nacional.   
     Ni las extrañas inundaciones de Brasil, Colombia y Venezuela; la transición de Lula a su colega del PT; el pugilato en Venezuela, con Chávez empujando su Revolución Bolivariana contra la resistencia de la oposición; la muerte de los expresidentes Carlos Andrés Pérez y su contemporáneo dominicano, Salvador Jorge Blanco, con apenas horas de diferencias; Haití y su eterno retorno a la barbarie; el fenómeno de Obama y su progresiva pérdida de brillo del pasado; todo esto pasó desapercibido en los finales del 2010 y el inicio del 2011. Todo, porque el tema que abarcó la totalidad del escenario fue la discusión de la reelección del presidente Leonel Fernández a un tercer período de gobierno.
      Fue así que los petardos pirotécnicos de fin de año y de recibimiento del 2011 se hicieron estallar con el grito de la reelección. Unos a favor y los otros en contra. Ya el 2011 va doblando por el mes de febrero y el tema promete alcanzar dimensiones de lengua oficial y obligatoria. Ya veremos.!
Santo Domingo, Rep. Dominicana.
   

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