Por Elvin Matos
Pocas veces al humanidad había dado la bienvenida a un año en medio de la más crucial incertidumbre, combinada con una buena dosis de expectativas canalizadas a través de la indignación. Algo así como las dos caras de una moneda. Así, los 7 mil millones de mortales recibimos este 2012, entre las trompetas del apocalipsis y los efectos devastadores de una crisis económica y financiera a escala planetaria. Para completar, los tambores de guerra se suceden luego del tristemente célebre desenlace de Libia y la caída de la plutocracia del coronel Kadaffy.
Desde los últimos meses del 2011 se viene recodando toda las fases y escalas de la hecatombe universal que se han interpretado de las llamadas profecías Mayas y la interrupción de su célebre calendario hacia el 21 de diciembre del 2012. Entre los abanderados de esta legendaria civilización se tiene la creencia que esto constituye una clara señal del final de los tiempos y toman como referencia 'científica' los amplios conocimientos de estos antepasados en el campo de la astronomía y la medición del tiempo.
Como señales de la catástrofe, los estudiosos de estas leyendas que se proyectan a través de los siglos, citan los terremotos demoledores que azotaron Haití y Chile en el 2010 y luego al Japón en el 2011. Observan además, los inusitados movimientos telúricos del planeta y los cambios bruscos de clima que han provocando inundaciones sin precedentes en varias puntos del globo en los últimos años. Estos 'chamanes' de nuevo cuño cuentan también entre los campanazos del fin del mundo las frecuentes tormentas solares y el aumento desmesurado de la actividad del astro rey.
La literatura recoge desde hace años los retazos de esta civilización y apuesta a decodificar los códices que envuelven las brumas de estas profecías de los antiguos pobladores de Mesoamérica. De manera paralela, las señales abundan conforme el paso de los días. Y, de nuevo, la población termina entre el espanto y el veremos.
Un poco más abajo, en el reino de los mortales, la humanidad no termina de salir del espasmo que viene acarreando la prolongada crisis económica que amenaza con hundir en la bancarrota a la Unión Europea. Primero fue Grecia, que de la noche a la mañana se enteró de una millonaria deuda externa que en sus cuentas era imposible de saldar. Luego le sigue España, Portugal, Bélgica y hasta Suiza y su paraíso bancario se tambalean al ritmo de la crisis financiera que está por llevarse el Estado de Bienestar Social imperante desde hace décadas.
Toda esta situación viene aparejada con su consiguiente fardo de conflictos políticos y revueltas sociales, que están provocando toda una reestructuración en los esquemas de organización social prevalecientes en el Viejo Continente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y, como es lógico, dado la condición del sistema globalizado de la economía actual, la situación de Europa se refleja y se reproduce en todo el planeta. La última palabra la tuvo la deliberación del Foro Económico Mundial en Davos a principios de año, dejando en veremos el alcance y los efectos en la continuación de la crisis, sin mayores paliativos como remedio.
Mientras que en la geopolítica Irán y Siria saltan a la arena internacional como una reminiscencia del denominado Eje del Mal, erigido en política internacional de Estados Unidos en el gobierno de George W. Bush. En estos dos países se lleva a cabo una cruzada al estilo de las 'Revoluciones Árabes' que se llevó de encuentro los regímenes de Egipto, Túnez y Libia, mientras va quedando tras sí una vorágine de inestabilidad que se suma a Iraq y Afganistán y en buena parte del sudeste asiático. Conforme el paso de los días, nadie sabe a ciencia cierta cuál será el futuro inmediato de esos países.
Por una jugada del destino, parece que a América Latina le toca la mejor parte en esta coyuntura del contexto histórico. Al menos, en la parte económica los organismos internacionales le confieren el soporte del sistema financiero, por los niveles de crecimiento que mantienen en estos años. En todo caso, la región vive un momento estelar en el aspecto de gobernabilidad, que se atribuye al desgaste de los gobiernos, en términos de institucionalidad. Del otro lado, la escalada del narcotráfico amenaza con sustituir los parámetros del poder político, elevando la criminalidad a niveles insospechados e implantando el régimen de la inseguridad para todo el tejido social. Este año es un eslabón crucial para la región con elecciones en México y Venezuela, dos países claves en el escenario continental.
Al término del recorrido, concluimos en República Dominicana con el año 2012 marcado por las elecciones presidenciales no menos críticas y trascendentes en el momento histórico. Este evento supone un salto en la movilidad social del país, en vista de los cambios que se auguran, al menos de forma, en la administración pública, al cabo de ocho años de la presidencia del doctor Leonel Fernández. Sin embargo, hasta en esta ecuación simple, la población en su mayoría mantiene su ecepticismo en las expectativas de un 2012 promisorio.
Es así que a partir del primero de enero el mundo recibió el 2012 con más resignación que entusiasmo. Con un nuevo movimiento de rebeldía a escala global, el de los Indignados. Con la atención de la humanidad fija en diciembre y el día que termina la sucesión de los tiempos, al final del calendario Maya, el 21 de diciembre. Con los tambores de guerra en Irán y Siria y con la crisis financiera estrangulando a Europa, en una situación sin precedentes en tiempos de paz.
Es el 2012, que para colmos viene bisiesto, con 366 días. Y, como paradoja de la historia, desde el primer día hasta el final, el mundo se mueve entre la incertidumbre y la indignación.
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